miércoles, 7 de diciembre de 2016

Capítulo Primero de "Perdiendo el Juicio"

Buenas, 

Como algunos de vosotros sabréis,  el día 12 de diciembre sale mi tercera novela, segunda con la editorial Zafiro. Por ello os quiero regalar el primer capítulo de "Perdiendo el Juicio".

Os dejo un poco de la aventura de Laura, una jueza algo perdida entre el amor de dos hombres...



Capítulo 1



«No aprenderé nunca, eso lo tengo más que claro. Lo peor de todo es que sé que debo poner fin a este tipo de despertares de una vez por todas.»
¿Por qué, en cuanto fui consciente de que ya no estaba durmiendo, me dije eso? Porque el martilleo, constante e in crescendo, iba a acabar matándome definitivamente y sin ningún tipo de remordimientos.
Acerqué el reloj a lo que intentaba que fuera lo más cerca de cualquiera de los dos ojos, el que reaccionara primero.
«Nota mental: desmaquillarse antes de acostarse. Fin del recordatorio.»
Fue el más pegado a la almohada el que, después de un pequeño esfuerzo, se abrió por completo.
—¡Joder! —solté a la par que intentaba incorporarme en la cama.
Era tardísimo y a primera hora tenía que estar en el juzgado para revisar una documentación relativa a uno de los juicios que estaba a punto de cerrar; ni siquiera tenía redactada la mitad de la sentencia.
Bostecé intentando desperezarme mientras me preguntaba cómo era posible que sintiera una ligera comezón en la entrepierna… como si alguien hubiera estado rozando allí su barba cual lija de pulir madera de cedro.
—Buenos días, nena.
Creo que pegué el grito más grande que nunca antes se había oído. Ni en una película de Wes Craven, vamos.
No quería mirar; no, no, no…
Me prometí, aunque sabía que se trataba de otra mentira más, que eso tampoco volvería a pasarme. Otra noche más en la cama de alguien y sin acordarme de nada recién levantada.
Voy a explicarme, porque, si no lo hago, esto puede interpretarse como algo que no es. El tema está en que, cuando duermo, lo hago de verdad. Reseteo de tal manera mi cerebro que no me centro hasta que no pasan unos minutos después de tener el ojo abierto. ¿Qué quiere decir esto? Que no me voy borracha a la cama y luego no me acuerdo de con quién he estado, no. Simplemente tengo muy mal despertar, lento, y eso es lo que me estaba pasando en ese instante.
No era consciente de dónde estaba, pero, por lo visto, no era en mi cama. Así que tenía dos salidas: una, esperar a recordar, y ya lo estaba haciendo; dos, darme la vuelta para ver con quién y dónde había pasado la noche.
Sin malgastar un segundo más, pues no estaba para perder tiempo, me incorporé definitivamente y, al girar el rostro, me encontré con la mirada de un tipo con carita de perrito desvalido. Y sí, tenía barba, por ello entendí lo de mi entrepierna. Me sonreía con aspecto somnoliento. No estaba mal, pero que nada mal… y de pronto mi memoria funcionó a la perfección.
La noche anterior había salido de fiesta con las chicas; teníamos pendiente celebrar que, después de mucho estudiar, hacía ya un tiempo que había conseguido aprobar la oposición para ser jueza. Lucía había venido a pasar unos días a Madrid, y esa noche había dejado a su pequeño con Rodrigo en casa de sus padres. Lourdes había regresado de México por unas semanas, para visitar a sus familiares, y Nuria aprovechó la conjunción para aparcar a su marido. Llevábamos sin vernos casi un año, el tiempo que hacía que Lourdes se había casado, y por eso la celebración había quedado pospuesta hasta ese momento.
Fue una noche memorable y, claro, cuando ellas decidieron retirarse a sus reales aposentos, a mí me estaba tirando la caña un hombre que estaba de toma pan y moja. Por supuesto, soy la única soltera del grupo y he de aprovechar las oportunidades que la madre naturaleza pone frente a mis ojos. He de dar rienda suelta al calentamiento global humano que mi cuerpo desprende.
—Alfonso… —Lo miré timoratamente, temiendo que me hubiera equivocado al recordar su nombre.
—Eso es —asintió a la vez que se acercaba con la rapidez de un halcón a colocarse en posición de cucharita y situaba una mano en uno de mis pechos, para ser exactos, a excitar un pezón, y la otra se entretenía en mi sexo…
«Pero qué bien que me está sentando este despertar tan… pero ¿qué hace? Me ha girado, me ha puesto boca abajo, he oído cómo rasgaba un preservativo y, ala, ¡todo para dentro!»
—Buenos días, rubita juguetona. —Se dirigió a mí con suavidad, mientras ponía sus manos en mi cintura, levantándome para colocarme a cuatro patas.
Así me penetraba con más fuerza, mientras sentía cómo una de sus manos me apretaba un pecho y acariciaba con la otra mi clítoris con destreza.
Ni dolor de cabeza, ni naranjas de la China.
«¡Buenos días, mundo!», como diría Mafalda.
«Más despertares follando y menos jodiendo.» A ver, esto sí que no lo diría ella.
¡Mi madre!, no sabía lo que ese tío estaba haciendo exactamente con su cuerpo y el mío, pero, en menos de cinco minutos, un orgasmo intenso recorrió todas y cada una de mis terminaciones nerviosas. Grité mucho y apreté con fuerza las sábanas, que acabaron enrolladas entre mis manos. Poco después se corrió él y se dejó caer sobre mi espalda.
Fue uno de esos polvos mañaneros arrolladores que hacen que no se te quite esa sonrisa de gilipollas que se te pone después de follar. Sí, porque eso era lo que había hecho, y en ese momento lo recordaba… pasar toda la noche follando sin parar con ese tío, y acabábamos de rematarlo con una de las posiciones que habíamos probado un par de veces.
Lo aparté de mí con brusquedad, para qué mentir, y lo miré a los ojos. La verdad era que el tío estaba bueno a rabiar.
—¿Puedo darme una ducha?
Vi cómo se quitaba el condón y hacía un nudo para dejarlo al lado de los otros ¿cuatro?
—Claro; si me esperas, me ducho contigo y si quieres… —Volvió a insinuar otro polvo.
«¿Este tío ha tomado Viagra o qué?»
— No, lo siento; tengo que marcharme inmediatamente. Lo dejé planchado.
—Pero si hoy es sábado y sólo son las ocho.
—Lo sé, y de verdad que me quedaría. —Como para no desearlo, después de lo bien que me lo había hecho.
—¿Entonces?
—Trabajo; tengo que ir al juzgado a las diez de la mañana para terminar una sentencia.
—O sea, ¿realmente eres jueza? —Se estiró en la cama, poniendo los brazos detrás de la nuca y mirándome.
—Claro. —Pensé que lo decías para vacilarme. —Sonrió.
—Pues no, ya que soy de las de «juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad»…
—Eso no se dice en los juicios. —Se levantó de la cama desnudo y dio la vuelta, para ponerse donde yo estaba.
—Touché! —respondí vacilona.

—Pues podemos hacer una cosa —sonrió de medio lado—: nos duchamos —abrí la boca para decir algo, pero me la tapo con la suya— y prometo dejarte en el juzgado a las diez menos cinco —sentenció, echándose sobre mí y bajando directamente a mi sexo para perderse en él.«No aprenderé nunca, eso lo tengo más que claro. Lo peor de todo es que sé que debo poner fin a este tipo de despertares de una vez por todas.»
¿Por qué, en cuanto fui consciente de que ya no estaba durmiendo, me dije eso? Porque el martilleo, constante e in crescendo, iba a acabar matándome definitivamente y sin ningún tipo de remordimientos.
Acerqué el reloj a lo que intentaba que fuera lo más cerca de cualquiera de los dos ojos, el que reaccionara primero.
«Nota mental: desmaquillarse antes de acostarse. Fin del recordatorio.»
Fue el más pegado a la almohada el que, después de un pequeño esfuerzo, se abrió por completo.
—¡Joder! —solté a la par que intentaba incorporarme en la cama.
Era tardísimo y a primera hora tenía que estar en el juzgado para revisar una documentación relativa a uno de los juicios que estaba a punto de cerrar; ni siquiera tenía redactada la mitad de la sentencia.
Bostecé intentando desperezarme mientras me preguntaba cómo era posible que sintiera una ligera comezón en la entrepierna… como si alguien hubiera estado rozando allí su barba cual lija de pulir madera de cedro.
—Buenos días, nena.
Creo que pegué el grito más grande que nunca antes se había oído. Ni en una película de Wes Craven, vamos.
No quería mirar; no, no, no…
Me prometí, aunque sabía que se trataba de otra mentira más, que eso tampoco volvería a pasarme. Otra noche más en la cama de alguien y sin acordarme de nada recién levantada.
Voy a explicarme, porque, si no lo hago, esto puede interpretarse como algo que no es. El tema está en que, cuando duermo, lo hago de verdad. Reseteo de tal manera mi cerebro que no me centro hasta que no pasan unos minutos después de tener el ojo abierto. ¿Qué quiere decir esto? Que no me voy borracha a la cama y luego no me acuerdo de con quién he estado, no. Simplemente tengo muy mal despertar, lento, y eso es lo que me estaba pasando en ese instante.
No era consciente de dónde estaba, pero, por lo visto, no era en mi cama. Así que tenía dos salidas: una, esperar a recordar, y ya lo estaba haciendo; dos, darme la vuelta para ver con quién y dónde había pasado la noche.
Sin malgastar un segundo más, pues no estaba para perder tiempo, me incorporé definitivamente y, al girar el rostro, me encontré con la mirada de un tipo con carita de perrito desvalido. Y sí, tenía barba, por ello entendí lo de mi entrepierna. Me sonreía con aspecto somnoliento. No estaba mal, pero que nada mal… y de pronto mi memoria funcionó a la perfección.
La noche anterior había salido de fiesta con las chicas; teníamos pendiente celebrar que, después de mucho estudiar, hacía ya un tiempo que había conseguido aprobar la oposición para ser jueza. Lucía había venido a pasar unos días a Madrid, y esa noche había dejado a su pequeño con Rodrigo en casa de sus padres. Lourdes había regresado de México por unas semanas, para visitar a sus familiares, y Nuria aprovechó la conjunción para aparcar a su marido. Llevábamos sin vernos casi un año, el tiempo que hacía que Lourdes se había casado, y por eso la celebración había quedado pospuesta hasta ese momento.
Fue una noche memorable y, claro, cuando ellas decidieron retirarse a sus reales aposentos, a mí me estaba tirando la caña un hombre que estaba de toma pan y moja. Por supuesto, soy la única soltera del grupo y he de aprovechar las oportunidades que la madre naturaleza pone frente a mis ojos. He de dar rienda suelta al calentamiento global humano que mi cuerpo desprende.
—Alfonso… —Lo miré timoratamente, temiendo que me hubiera equivocado al recordar su nombre.
—Eso es —asintió a la vez que se acercaba con la rapidez de un halcón a colocarse en posición de cucharita y situaba una mano en uno de mis pechos, para ser exactos, a excitar un pezón, y la otra se entretenía en mi sexo…
«Pero qué bien que me está sentando este despertar tan… pero ¿qué hace? Me ha girado, me ha puesto boca abajo, he oído cómo rasgaba un preservativo y, ala, ¡todo para dentro!»
—Buenos días, rubita juguetona. —Se dirigió a mí con suavidad, mientras ponía sus manos en mi cintura, levantándome para colocarme a cuatro patas.
Así me penetraba con más fuerza, mientras sentía cómo una de sus manos me apretaba un pecho y acariciaba con la otra mi clítoris con destreza.
Ni dolor de cabeza, ni naranjas de la China.
«¡Buenos días, mundo!», como diría Mafalda.
«Más despertares follando y menos jodiendo.» A ver, esto sí que no lo diría ella.
¡Mi madre!, no sabía lo que ese tío estaba haciendo exactamente con su cuerpo y el mío, pero, en menos de cinco minutos, un orgasmo intenso recorrió todas y cada una de mis terminaciones nerviosas. Grité mucho y apreté con fuerza las sábanas, que acabaron enrolladas entre mis manos. Poco después se corrió él y se dejó caer sobre mi espalda.
Fue uno de esos polvos mañaneros arrolladores que hacen que no se te quite esa sonrisa de gilipollas que se te pone después de follar. Sí, porque eso era lo que había hecho, y en ese momento lo recordaba… pasar toda la noche follando sin parar con ese tío, y acabábamos de rematarlo con una de las posiciones que habíamos probado un par de veces.
Lo aparté de mí con brusquedad, para qué mentir, y lo miré a los ojos. La verdad era que el tío estaba bueno a rabiar.
—¿Puedo darme una ducha?
Vi cómo se quitaba el condón y hacía un nudo para dejarlo al lado de los otros ¿cuatro?
—Claro; si me esperas, me ducho contigo y si quieres… —Volvió a insinuar otro polvo.
«¿Este tío ha tomado Viagra o qué?»
— No, lo siento; tengo que marcharme inmediatamente. Lo dejé planchado.
—Pero si hoy es sábado y sólo son las ocho.
—Lo sé, y de verdad que me quedaría. —Como para no desearlo, después de lo bien que me lo había hecho.
—¿Entonces?
—Trabajo; tengo que ir al juzgado a las diez de la mañana para terminar una sentencia.
—O sea, ¿realmente eres jueza? —Se estiró en la cama, poniendo los brazos detrás de la nuca y mirándome.
—Claro. —Pensé que lo decías para vacilarme. —Sonrió.
—Pues no, ya que soy de las de «juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad»…
—Eso no se dice en los juicios. —Se levantó de la cama desnudo y dio la vuelta, para ponerse donde yo estaba.
—Touché! —respondí vacilona.
—Pues podemos hacer una cosa —sonrió de medio lado—: nos duchamos —abrí la boca para decir algo, pero me la tapo con la suya— y prometo dejarte en el juzgado a las diez menos cinco —sentenció, echándose sobre mí y bajando directamente a mi sexo para perderse en él.




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